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Alejandro Piccart, el Chon, se fue a Ferro Carril Oeste. Ese club que becó a Andrés Charadía, entre otros, cuando lanzaba su martillo. Ese que levantó la tribuna de su estadio de fútbol para construir debajo el Gimnasio “Héctor Etchart”, la Catedral del básquet argentino. Ahí está el Chon, en esos vientos que sopla la memoria para que aparezcan los domingos por la tarde los “Agonil, Cúper, Marchesini y Garré”. Acaricia una pelota en el mismo sitio donde por suerte vivió León Najnudel; ese tipo que, entre tantas cosas acercó a un desconocido pibe de 17 años, Miguel Alberto Cortijo, y le aconsejó al club que se había quedado sin entrenador de fútbol que probaran con un tal Carlos Timoteo Griguol. Por MARCELO SGALIA (Prensa Parque Sur)

“Estoy muy cómodo desde que llegué, me hicieron sentir de entrada que soy uno más del grupo. Estoy contento, es un desafío para ser mejor jugador y persona”. Ahí está el Chon, con sus dos metros y algunos centímetros, los sueños de Liga Nacional, la pesca y el asado con los amigos y el sentido de pertenencia a un lugar que seguirá siendo su casa y la de su familia en la inevitable distancia. “El día que me muera quiero que sea en Parque”, confiesa con tan solo 19 años.

“Amo a Parque Sur con mi vida y es el lugar dónde quisiera estar para siempre, hasta morirme. Es mi club. Duele y cuesta dejar todo eso, pero vine a Ferro para cumplir mi meta”, dice Piccart y no olvida: “La gente de Parque Sur me dio todo siempre. Nunca les importó cómo veníamos, ellos estaban. Es un club en un millón. Eso es Parque”, sostiene el interno de la cantera sureña.

Es que su viejo, Gabriel, se fue al club al otro día que Chon nació y lo agregó al grupo familiar de socios. Es que su vieja, Laura, lo llevó a jugar al básquet a los 4 años y Chon estuvo acá hasta hace cinco días. También pasó por el fútbol sureño pero su destino estaba con una naranja en los brazos. Es que sus hermanas y sobrinas lo alentaron desde las tribunas del Gigante en aquel debut a fines de 2019 en la Liga Argentina. Ahí está Chon, como si fuera ayer, con 17 años viendo entrenar a uno de los últimos equipos que dirigió René Richard: “¿Vos, ¿qué haces? ¿Queres entrenar?”. Chon también cargó en el bolso rumbo a Caballito aquella corrida a su casa para ir a buscar las zapatillas tras esa sorpresiva invitación de René para entrenar con la Primera.

Los clubes y los barrios también abrazan en los momentos más dolorosos, cuando la vida pega en serio. En esas pocas y jodidas veces que no tenemos revancha. Apenas unos meses luego del debut en la Liga, la muerte de su papá sacudió los cimientos y lleno de dolor todos los espacios. En Parque Sur, Chon y su familia se abrazaron para llorar en aquel febrero de 2020 más de una vez. Si era la casa de ellos.

“Yo siento que mi papá está todo el tiempo conmigo, aunque me gustaría que fuera de otra manera. Él hubiera querido esto para mí. Te voy a contar algo por primera vez: Mi viejo siempre se paraba bajo el aro de Cochabamba y cuando debuté contra Ciclista en la Liga Argentina tiré una flotadora por el medio y la erré. Me gritó dale mijo, no importa. Cuando llegué a mi casa yo estaba muy triste porque el único tiro que podía haber metido fue horrible y él me alentó, me abrazó, me habló, igual que toda mi familia. Ellos son todo”, nos cuenta el Chon.

Lo que pocos saben es que: “Desde aquella noche no pasé un solo partido sin mirar abajo del aro de Cochabamba porque sé que ahí está él, alentándome para siempre. Y cuando vuelva volverá a ser así”, confiesa antes de caminar las calles de Caballito. Es más que un juego. Es mucho más que las victorias y las derrotas. Son bastante más que clubes. Allá anda el Chon, en la Catedral del “Etchart”, mirando debajo de los canastos. Esta vez, ahí estaremos todos y todas.

(Algunas de las fotos de Daniela Viviana Tournour).